Quemadas, por Pepa Castillejo Poole

Quemadas, por Pepa Castillejo Poole

Hace algún tiempo, en la era pre pandemia, asistí a un cumpleaños de mesa camilla. Y digo de mesa camilla porque se celebraba en un local que anteriormente fue cafetería, pero que ahora el dueño mantenía cerrado y solo utilizaba para eventos de tipo familiar. En este cumpleaños, de un niño en concreto, había representadas varias generaciones y sí, había una mesa camilla, donde estaba sentada la matriarca del clan. Con las mujeres, sobre todo las de cierta edad, hablando de sus cosas. Los hombres, a otro lado, de las suyas.

Soy una urbanita que, voluntariamente, ha decidido vivir en la tranquilidad de pueblos cada vez más pequeños. Y en esas comunidades a veces observo con perplejidad la repetición de esquemas que consideraba superados hace tiempo, como los hombres a un lado y las mujeres a otro, cada uno con lo suyo, aunque, en realidad, todos hablan de todos y todos dicen lo mismo de todos.

La matriarca no iba a ser una excepción, así que comenzó su letanía: “Es muy bueno, pero…” Cuando alguien realiza una afirmación y, a continuación, expone un pero es que se dispone a desdecirse en cuestión de segundos. O a justificarse. Porque la señora iba a desgranar su percepción sobre varias décadas de matrimonio, de vida doméstica, de hijos y lo que iba a contar no era nada bueno. Su Paco era muy bueno, pero tenía muy mal carácter. Su Paco era muy trabajador, pero era autoritario. Su Paco quería a sus hijos, pero les reprochaba constantemente su forma de vivir. Su hijo mayor era un triunfador, pero se parecía demasiado al padre. Su nuera era buena muchacha, pero bastante inútil. Su nieto era espabilado, pero hiperactivo. Su nieta una princesa, pero tonta. Su vida no era su vida, era la vida de la esposa de, la madre de, la abuela de. Era la vida que los otros esperaban que viviera. Menos mal que tenía el Lexatin. O el Valium. O el Orfidal. Con eso no sientes nada. Y sigues tirando.

En la Encuesta Nacional de Salud de España 2017 el 13% de las mujeres encuestadas padecía depresión o ansiedad crónica, frente al 5,9% de los hombres. La ansiedad y la depresión alcanzan su máximo esplendor entre los 55 y los 84 años, en el caso de las mujeres, mientras que en los hombres sucede entre los 45 y los 64 años. En este caso, tenemos el dudoso honor de llevar ventaja.

Poco se habla de la “CARGA MENTAL ROSA”. Es el precio por triunfar trabajando fuera de casa o sobrellevar la precariedad, según se mire, la de gestionar la vida doméstica, la de organizar el tiempo de ocio, la de ocuparse del bienestar de los demás, la de estar perfecta, la de eliminar la celulitis, la de lucir el “outfit” impecable, el cutis divino y el pelo sin una antiestética cana. El bombardeo constante, la vida misma y la presión social a que nos vemos sometidas por el hecho de ser mujeres nos puede generar estrés, un estrés que puede manifestar los siguientes síntomas:

  • De tipo emocional: Irritabilidad, ansiedad, insomnio, depresión, hipocondría, alienación, desgaste o tensiones familiares.
  • De tipo cognitivo: Dificultad para concentrarse, recordar, aprender o tomar decisiones.
  • De tipo conductual: Drogadicción y conducta destructiva.
  • De tipo fisiológico: Dolor muscular, mareos, visión borrosa, problemas respiratorios, hipertensión, problemas cardiológicos, afecciones cutáneas o ginecológicas, enfermedades autoinmunes, etc.

Cuando tomas conciencia de que te está pasando algo, que no es normal, que no duermes, que te aprieta el pecho, que no te sientes bien y decides acudir al médico aparecen el Lexatin, el Valium o el Orfidal. Solo para unos días, hasta que las cosas mejoren. Pero los días pasan, se convierten en semanas, éstas en meses y, a veces, en años. Y lo sobrellevas mejor, aunque no te estás curando, simplemente estás anestesiada. Y drogada, porque, aunque te las recete el médico y sean socialmente aceptadas, por definición, son drogas. Y las benzodiacepinas pueden generar dependencia y provocar efectos secundarios tan poco agradables como amnesia, delirios, psicosis, alucinaciones y aumento de riesgo de caídas y de sufrir accidentes. Fíjate, y tú con tu preocupación sobre los posibles efectos de la vacuna contra el COVID.

En este punto se abre también una nueva brecha, la que marca la diferencia entre tener poder adquisitivo o no tenerlo. Si lo tienes, podrás acudir a un psicólogo privado, a una media de 60 € la hora, si no, comprarás la caja de Valium, que solo vale 3, y entrarás en la lista de espera para recibir asistencia de un psicólogo del Sistema Público de Salud, con suerte, de 15 minutos cada 3 meses. Nuestro sistema de salud mental es reactivo, no preventivo y se basa en la creencia, desde mi punto de vista errónea, de que 3 pastillas son más baratas que una terapia. Seguramente por eso somos el segundo país de la OCDE en consumo de sedantes e hipnóticos entre 2000 y 2017. Por eso o porque los 4,3 psicólogos de media de nuestro sistema sanitario público por cada 100.000 habitantes, frente a la media europea de 18, no pueden atender a la demanda de usuarios. Hacen falta 7.200 psicólogos en nuestro sistema público de salud, no lo digo yo, lo dijo el Defensor del Pueblo en 2010, cuando expuso frente al Senado el “Informe de la Ponencia de Estudio de las necesidades de recursos humanos en el Sistema Nacional de Salud, constituida en el seno de la Comisión de Sanidad, Política Social y Consumo”, páginas 11 y 56. Y con esta carencia vamos a gestionar la salud mental de nuestra población, también justo ahora, en la era post COVID.

El día en que descubres que la comida no llega sola al frigorífico o que el papel higiénico no surge en el cuarto de baño por generación espontánea la vida te cambia. Suele coincidir con el día en que tienes ocuparte tú de esas tareas. Y entonces te preguntas cuándo descansaba tu madre si, en verano, cuando ibais al pisito de la playa, la ropa estaba limpia y la comida hecha. ¿A que sí?

 

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